Veinte mil leguas de viaje submarino

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La brújula seguía señalando el rumbo nortenoroeste, el manómetro indicaba una presión de cinco atmósferas que correspondían a una profundidad de cincuenta metros y la corredera eléctrica daba una marcha de quince millas por hora. Yo esperaba al capitán Nemo. Pero él no se presentó. El reloj señalaba las cinco. Ned Land y Consejo se volvieron a sus camarotes yo me dirigí a mi habitación, donde hallé dispuesta la cena. Componíase de sopa de tortuga para la que se había echado mano M carey más delicado; de carnes blancas un poco hojaldradas del salmonete, cuyo hígado, guisado aparte, constituía un manjar delicioso; de filetes de carne de holocauto-emperador, cuyo gusto me pareció superior al del salmón. Pasé la velada leyendo, escribiendo, meditando. Luego me fue venciendo el sueño, me tendí en la cama de alga y me dormí profundamente, mientras el Nautilus se deslizaba a lo largo de la rápida corriente del río Negro.


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