Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El capitán Nemo se hallaba allí. Me esperaba. Se levantó, saludó y me preguntó si estábamos conformes en acompañarlo. Como no aludiera a su ausencia de ocho días, yo me abstuve también de comentarla y respondí sencillamente que mis compañeros y yo nos hallábamos dispuestos a seguirlo.
-Sólo que me permitiré, señor, dije, dirigirle una pregunta.
-Hágala usted, señor Aronnax, y si puedo darle una respuesta, se la daré.
-Pues bien, capitán, ¿cómo se entiende que usted, después de romper todo vínculo con la tierra, posea bosques en la isla de Crespo?
-Señor profesor, me respondió el capitán, las selvas que yo poseo no le piden al sol su luz ni su calor. Ni leones, ni tigres, ni panteras, ni cuadrúpedo alguno las frecuentan. No crecen sino para mí únicamente. No son bosques terrestres; son bosques submarinos.
-¡Bosques submarinos!, exclamé.
-Sí, señor profesor.
-¿Y usted me ofrece llevarme a ellos?
-Precisamente.