Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino En el aparato Rouquayrol, tal como se lo usa, dos tubos de caucho saliendo de esa caja desembocan en una especie de pabellón que encierra la nariz y la boca del operador; uno de ellos sirve para introducir el aire, el otro para extraerlo cuando se ha espirado, y con la lengua se cierra uno u otro según las necesidades de la respiración. Pero yo, que he de afrontar presiones considerables en el fondo de los mares, hube de encerrar la cabeza, como en las escafandras, dentro de una esfera de cobre, y a dicha esfera vienen a dar ambos tubos, el inspirador y el espirador.
-Perfectamente, capitán Nemo. Sin embargo, el aire que usted lleva consigo ha de consumirse pronto, y en cuanto deje de contener el quince por ciento de oxígeno se vuelve irrespirable.
-Sin duda; pero ya le he dicho, señor Aronnax, que las bombas del Nautilus me permiten almacenarlo bajo una presión considerable, y en tales condiciones el depósito del aparato puede proveer de aire respirable durante nueve o diez horas.
-No me queda ninguna objeción, respondí. Le preguntaré tan sólo cómo ilumina el camino en las profundidades del océano.