Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Mientras tanto, seguíamos avanzando; la amplia llanura de arena parecía no tener límites. Yo apartaba con las manos las cortinas líquidas que se cerraban detrás de mí y la huella de mis pasos se borraba al instante con la presión del agua. Al poco rato, algunas formas de objetos, apenas esfumadas por la distancia, se dibujaron ante mis ojos. Advertí unos magníficos primeros planos de rocas tapizadas con la más hermosa muestra de zoófitos, y me llamó sobre todo la atención un efecto peculiar de ese medio. Eran entonces las diez de la mañana. Los rayos del sol herían la superficie del mar con un ángulo bastante oblicuo y al contacto de su luz descompuesta por la refracción como al atravesar un prisma, las flores, los peñascos, las retorcidas ramillas, las conchillas, los pólipos, tenían los bordes matizados con los siete colores del espectro solar.
¡Era maravilloso, una alegría para la vista, el entrecruzamiento de tonos coloreados, verdadero calidoscopio de verde, amarillo, anaranjado, violeta, índigo, azul, en una palabra, toda la paleta de un rabioso colorista! ¿Por qué no podría manifestarle a Consejo las vivas sensaciones que me conmovían y competir con él en interjecciones admirativas? ¿Por qué no sabría yo, como el capitán Nemo y su compañero, exteriorizar mis pensamientos por medio de señales convenidas?