Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Si tal cosa le agrada, señor profesor.
-¿Cuándo llegaremos a Vanikioro?
-Ya hemos llegado, señor profesor.
Seguido del capitán Nemo, subí a la plataforma y, desde allí, recorrieron ávidamente mis miradas el horizonte. Hacia el nordeste emergían dos islas volcánicas de desigual extensión, rodeadas por un arrecife de corales que medía cuarenta millas de circuito. Estábamos frente a la isla de Vanikoro propiamente dicha, a la que Dumont d'Urville le puso el nombre de isla de la Investigación y precisamente delante de la poco extensa ensenada de Vanú, situada a los 16º 4' de latitud sur y, 164º 32' de longitud este.
Las tierras parecían cubiertas de vegetación desde la playa hasta las cimas interiores, dominadas por el monte Kapogo, de cuatrocientas setenta y seis toesas de altura (950 m aproximadamente). Luego de franquear por un paso estrecho la cintura exterior de las rocas, el Nautilus se halló dentro de las rompientes, donde el mar tenía una profundidad de treinta a cuarenta brazas. A la verdeante sombra de los mangles advertí la presencia de una docena de salvajes que se mostraron sumamente sorprendidos ante nuestra proximidad. ¿Acaso verían en el largo cuerpo negruzco que avanzaba a flor de agua algún cetáceo formidable, del que debían desconfiar?
En ese momento, el capitán Nemo me preguntó qué sabía yo acerca del naufragio de La Pérouse.