Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor, me dijo, puede usted creerme si le digo que este trozo de hierro no volverá a navegar jamás, ni en los mares, ni por debajo de su superficie. Ya no sirve más que para venderlo al peso. Pienso, por lo tanto, que ha llegado el momento de largarnos, lejos del capitán Nemo.
-Amigo Ned, le respondÃ, yo no creo, como usted, que se haya perdido este valiente Nautilus y dentro de cuatro dÃas sabremos a que atenernos en cuanto a las mareas del PacÃfico. Además, el intento de marcharnos podrÃa ser oportuno sà estuviéramos a la vista de las costas de Inglaterra o de Provenza, pero en los parajes de la Papuasia es cosa muy diferente y siempre habrá tiempo de apelar a ese extremo si el Nautilus no logra zafarse, lo que yo verÃa como un acontecimiento grave.
-¿Pero no podrÃamos explorar, por lo menos, el terreno, añadió Ned Land. Allà tenemos una isla. En la isla hay árboles. Debajo de los árboles, animales terrestres, portadores de chuletas y bisteques, a los que con mucho gusto darÃa yo unos mordiscos.
-En esto el amigo Ned tiene razón, dijo Consejo, y yo soy de su parecer. ¿PodrÃa el señor conseguir de su amigo el capitán Nemo que nos lleve a tierra, aunque más no fuere que para no perder la costumbre de sentar las plantas en las partes sólidas de nuestro planeta?
-Puedo pedÃrselo, respondÃ, pero se negará.