Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Y, en efecto, fuimos agotando en vano una parte de las municiones, de modo que a eso de las once, cuando hubimos traspuesto la primera línea de montañas que forman el centro de la isla, no habíamos cazado todavía nada. El hambre nos aguijoneaba. Los cazadores, al confiar en lo que les procuraría la caza, se habían equivocado. Por gran fortuna, Consejo, con gran sorpresa de su parte, hizo un tiro doble y aseguró el almuerzo. Derribó una paloma blanca y una torcaz, que rápidamente desplumadas y puestas en una varilla ante el fuego vivo de ramas secas, se asaron, mientras Ned preparaba los frutos del artocarpus. Luego devoramos al pichón y a la torcaz hasta los huesos y los juzgamos, excelentes. La nuez moscada con que acostumbran atiborrarse les perfuma la carne y la convierte en un manjar delicioso.
-Es como sí las pollas se alimentaran con trufas, comentó Consejo.
-¿Y ahora, Ned, qué otra cosa le falta?, preguntéle al canadiense.