Veinte mil leguas de viaje submarino

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-Un animal de cuatro patas, señor Aronnax, respondió Ned Land. Todos estos pichones no son más que entremeses y entretenimiento de boca. Por eso, hasta que no mate a un animal de chuletas, no estaré contento.

-Ni yo, Néd, hasta que atrape un ave del paraíso.

-Continuemos, pues, la caza, respondió Consejo, pero regresando hacia el mar. Hemos llegado a las primeras pendientes de las montañas y creo que es preferible llegar a la zona boscosa. Era una opinión sensata y la tuvimos en cuenta. Después de una hora de marcha, llegamos a un verdadero bosque de buríes. Algunas serpientes inofensivas huían a nuestro paso. Las aves del paraíso emprendían vuelo en cuanto nos aproximábamos y, en verdad, había yo perdido las esperanzas de alcanzarlas, cuando Consejo, que iba adelante, se inclinó de pronto, lanzó un grito de triunfo y volvióse hacia mí trayendo un magnífico paradiseido.

-¡Muy bien, Consejo!, exclamé.

-Es mucha bondad la del señor, respondió Consejo.

-De ningún modo, muchacho. Has dado un golpe maestro. ¡Cazar vivo a uno de estos pájaros y cazarlo con la mano!

-Si el señor se digna examinarlo de cerca, verá que no ha sido gran mérito el mío.

-¿Por qué, Consejo?

-Porque este pájaro está ebrio como una cuba.

-¿Ebrio?


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