Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Yo me habÃa situado cerca del ojo de buey de babor y distinguÃa magnÃficas aglomeraciones de corales, de zoófitos, de algas y crustáceos que agitaban sus enormes patas, asomadas fuera de las anfractuosidades de las rocas. A las diez y cuarto el capitán Nemo tomó personalmente la rueda del timón. Una ancha, oscura y profunda galerÃa se abrÃa ante nosotros. El Nautilus se abismó en ella intrépidamente. Un susurro desacostumbrado se dejó oir en sus flancos. Eran las aguas del mar Rojo que la pendiente del túnel precipitaba hacia el Mediterráneo. El Nau- tilus seguÃa el torrente, rápido como una flecha, a pesar de los esfuerzos de su máquina que, para resistir, batÃa las aguas a contra hélice. Sobre las murallas estrechas del pasaje, no podÃa ver más que rayas deslumbrantes, lÃneas rectas, surcos de fuego, trazados por la velocidad a la claridad de la luz eléctrica. Me palpitaba el corazón y yo lo comprimÃa con la mano.
A las 10 y 35 minutos el capitán Nemo, abandonando la rueda del timón; y volviéndose hacia mÃ, dijo:
-¡El Mediterráneo!
En menos de veinte minutos, el Nautilus, arrastrado por el torrente, acababa de cruzar el istmo de Suez.