Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Comprendí, de inmediato, adónde quería llegar el canadiense. En todo caso, pensé, era preferible conversar, ya que él lo deseaba, y los tres fuimos a sentarnos cerca del fanal, donde nos encontrábamos menos expuestos a recibir las húmedas salpicaduras de las olas.
-Ahora, Ned, lo escuchamos, ¿qué tiene usted que decirnos?
-Lo que tengo que decirles es muy sencillo, respondió el canadiense. Estamos en Europa, y antes de que los caprichos del capitán Nemo nos arrastren hasta el fondo de los mares polares o nos lleven a Oceanía, deseo que abandonemos el Nautilus. Confesaré que semejante discusión con el canadiense me resultaba siempre embarazosa. No quería, de ninguna manera, coartar la libertad de mis compañeros, y sin embargo no sentía ningún deseo de abandonar al capitán Nemo. Gracias a él, gracias a su navío, me era posible completar cada día mis estudios submarinos y rehacer mi libro sobre las grandes profundidades oceánicas en su propio elemento.
¿Encontraría otra vez una oportunidad como ésta de observar las maravillas del océano? ¡No, por cierto! No podía, pues, admitir la idea de abandonar el Nautilus antes de haber cumplido nuestro cielo de investigaciones.
-Amigo Ned., dije, contésteme con franqueza. ¿Se aburre usted a bordo? ¿Lamenta que el destino lo haya arrojado entre las manos del capitán Nemo?