Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

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El instrumento indicaba entonces una profundidad de seis mil metros. Nuestra inmersión duraba desde hacía una hora. El Nautilus, deslizándose bajo la dirección de sus planos inclinados, seguía en busca de mayor hondura. Las aguas desiertas eran de admirable transparencia y ¿le una diafanidad de la que nada podría dar idea?. Una hora después llegábamos a los trece mil metros tres leguas y cuarto aproximadamente sin que hubiera indicios del fondo oceánico. No obstante, a los catorce mil metros advertí unos picos negruzcos que surgían en medio de las aguas, pero tal vez fueran las cumbres de montañas tan altas como el Himalaya o el monte Blanco, de manera que la profundidad de aquellos abismos seguía siendo incalculable. 

Descendió aún más el Nautilus pese a las tremendas presiones que soportaba. Notaba yo que las planchas de acero temblaban en la juntura de los pernos, los barrotes se arqueaban, los tabiques gemían, los cristales del salón parecían combarse bajo la presión de las aguas. Y aquel sólido aparato habría cedido sin duda, si, como lo dijera su capitán, no hubiese sido capaz de resistir como un bloque macizo. Al rozar las pendientes de aquellas rocas perdidas bajo las aguas, veía yo todavía algunos moluscos, tales como sérpulas, espinorbias vivas y ciertos ejemplares de asterias. 


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