Veinte mil leguas de viaje submarino

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Durante dos días visitamos aquellas aguas desiertas y profundas, merced a los planos inclinados. El Nautilus daba amplias bordadas diagonales que lo llevaban a distintos niveles. Pero el 11 de abril se elevó súbitamente y se nos apareció la tierra en la desembocadura del río Amazonas, amplio estuario de caudal tan considerable que endulza las aguas del mar en un espacio de varias leguas. 

Habíamos cruzado el ecuador. A veinte millas al oeste estaban las Guayanas, donde una tierra francesa nos hubiera procurado fácil refugio. Pero silbaba con fuerza el viento y las olas encrespadas no hubieran permitido arrostrarlas en una simple canoa. Ned Land lo entendió así, sin duda, porque no habló de fuga. Por mi parte, no aludí en modo alguno a sus proyectos de evasión, ya que no quería incitarlo a tomar iniciativas destinadas a inevitable fracaso.

Durante el siguiente día, 12 de abril, acercóse el Nautilus a la Guayana holandesa, hacia la desembocadura del Maroni. Allí vivían en familia varios grupos de manatíes, como la vaca marina, pertenecientes al orden de los sirénidos. Esos hermosos animales, pacíficos e inofensivos, dé seis a siete -metros de largo, debían de pesar por lo menos cuatro mil kilogramos.


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