Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Allí era dónde -involuntariamente o voluntariamente-había conducido su capitán al Nautilus, que describía en el agua una espiral de curva cada vez más cerrada. Lo mismo que él, la canoa, sujeta aún a su costado, se vela arrastrada a una velocidad vertiginosa. Yo lo sentía, experimentaba el mareo enfermizo que se presenta después de un movimiento giratorio demasiado prolongado. ¡Nos hallábamos sumidos en el espanto, en el colmo del horror, suspensa la circulación, aniquilada la influencia nerviosa, bañados en sudor frío como en las ansias de la muerte! ¡Y qué ruido en torno a nuestra endeble canoa!¡Qué bramar del viento, repetido por el eco a una distancia de varias millas! ¡Qué estruendo el de las aguas al romper en las rocas agudas del fondo, allá donde los cuerpos más duros se desmenuzan, allá donde los troncos de árboles se descortezan formándose una "piel de pelos", como dicen los noruegos!
¡Qué situación la nuestra! Nos sentíamos tremendamente bamboleados. El Nautilus se defendía como un ser humano. Le crujían los músculos de acero. ¡A ratos se enderezaba y nosotros con él!