Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¡Déjame! ¡Déjame!, le dije.

-¿Abandonar al señor? ¡Nunca!, respondió. ¡Espero ahogarme antes que el señor!

En ese momento asomó la luna por entre los desgarrones de un nubarrón que el viento arrastraba hacia el este. La superficie del mar brilló a la luz de sus rayos y esa bienhechora claridad reanimóme. Levanté la cabeza. Mis miradas vagaron por todos los puntos del horizonte. Vi a la fragata. Estaba a cinco millas de nosotros y no formaba más que una masa oscura apenas perceptible. ¡En cuanto a botes, no los había!

Quise gritar. ¿Para qué, a semejante distancia? Mis labios hinchados no dieron paso a ningún sonido. Consejo pudo articular algunas palabras y lo oí repetir en varias ocasiones:

-¡Socorro! ¡Ayuda!

Suspendimos un instante nuestros movimientos, prestando oídos.

¿Sería uno de esos zumbidos con que la presión de la sangre nos llena las orejas. Pero me pareció que otro grito hacía eco al clamor de Consejo.

-¿Has oído?, murmuré.

-¡Sí, sí!


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