Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Descubrí los matices de ese carácter en la forma en que el islandés escuchó la verborrea apasionada de su interlocutor. Permanecía con los brazos cruzados, inmóvil ante los abundantes gestos de mi tío; para negar, su cabeza se movía de izquierda a derecha; para afirmar, se inclinaba, y lo hacía tan ligeramente que apenas si se alteraban sus largos cabellos. Era la economía del movimiento llevada hasta la avaricia.
Desde luego, viendo a aquel hombre, jamás se hubiera adivinado su profesión de cazador, pues si bien era seguro que no espantaría a las piezas, ¿cómo se las arreglaba para atraparlas?
Todo quedó explicado cuando el señor Fridriksson me informó de que aquel tranquilo personaje no era más que un «cazador de éideres», patos cuyo plumaje constituye la mayor riqueza de la isla. En efecto, ese plumaje se llama edredón, y no se necesita mucha agilidad para cogerlo.