Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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En los primeros días del verano, la hembra del éider, una hermosa especie de pato, construye su nido entre las rocas de los fiordos[6] que bordean toda la costa. Construido el nido, lo alfombra con finas plumas que se arranca del vientre. Inmediatamente llega el cazador, o mejor dicho, el negociante, coge el nido, y la hembra tiene que comenzar de nuevo su trabajo. Esta operación dura hasta que está completamente desplumada; entonces le toca al macho. Pero como el plumaje duro y grosero de este último no tiene ningún valor comercial, el cazador no se toma la molestia de quitarle la cama de su pollada; de manera que concluye el nido; la hembra pone sus huevos, los pequeños nacen, y al año siguiente comienza otra vez la recolección del edredón.

Y como el éider no escoge las rocas escarpadas para construir en ellas su nido, sino más bien las peñas suaves y planas que se adentran en el mar, el cazador islandés podía ejercer su oficio sin gran agitación. Era un granjero que no tenía que sembrar ni segar su cosecha, sólo recogerla.

Aquel personaje grave, flemático y silencioso se llamaba Hans Bjelke y venía por recomendación del señor Fridriksson: era nuestro futuro guía. Sus modales contrastaban singularmente con los de mi tío.

Hans, un personaje grave, flemático y silencioso.


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