Viaje al centro de la tierra

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Sin embargo se entendieron sin problemas. Ni uno ni otro repararon en el precio: dispuesto el uno a aceptar lo que le ofrecieran y el otro a dar lo que le hubieran pedido. Jamás hubo trato alguno más fácil de concluir.

Y de lo pactado resultó que Hans se comprometía a conducirnos a la aldea de Stapi, situada en la costa meridional de la península del Sneffels, al pie mismo del volcán. La distancia por tierra era de unas veintidós millas, recorrido que debía hacerse en dos días, en opinión de mi tío. Pero cuando supo que se trataba de millas danesas, de veinticuatro mil pies, tuvo que modificar sus cuentas, y, vista la insuficiencia de los caminos, calcular siete u ocho días de marcha.

Debían ponerse a su disposición cuatro caballos, dos para llevarnos a él y a mí y otros dos destinados a nuestros equipajes. Hans iría a pie, según su costumbre. Conocía perfectamente aquella parte de la costa y prometió avanzar por el camino más corto.

Su compromiso con mi tío no expiraba a nuestra llegada a Stapi; permanecería a su servicio durante todo el tiempo necesario para sus excursiones científicas, al precio de tres rixdales[7] por semana. Pero se pactó expresamente que esa suma le sería entregada al guía todos los sábados por la noche, condición sine qua non de su trato.


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