Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Nos llevaron a nuestra habitación, especie de gran sala con suelo de tierra apisonada e iluminada por una ventana cuyos cristales estaban formados por membranas de cordero bastante poco transparentes. Las camas eran de forraje seco esparcido sobre dos cuadros de madera pintados de rojo y adornados con sentencias islandesas. Era realmente confortable, a no ser porque en aquella casa reinaba un fuerte olor a pescado seco, a carne macerada y a leche agria que sentaba bastante mal a mi olfato.

Cuando hubimos dejado a un lado nuestros arreos de viaje se dejó oír la voz del anfitrión invitándonos a pasar a la cocina, única pieza donde se hacía fuego, incluso cuando el frío era más intenso.

Mi tío se apresuró a obedecer aquella orden amistosa. Yo le seguí.

La chimenea de la cocina era de un modelo antiguo: en medio de la habitación, una piedra servía de hogar; en el techo, un agujero por el que salía el humo. La cocina servía también de comedor.

Al entrar, el anfitrión nos saludó, como si aún no nos hubiera visto, con la palabra saellvertu, que significa «sed felices», y vino a besarnos en la mejilla.

Su mujer, que se mantenía a su lado, pronunció las mismas palabras, acompañadas de idéntico ceremonial; luego, ambos esposos se inclinaron profundamente, poniendo su mano derecha sobre el corazón.


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