Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Debo decir que la islandesa era madre de diecinueve niños; todos los cuales, grandes y pequeños, pululaban entre las volutas de humo con que el lar inundaba la habitación. A cada momento se veía una cabecita rubia y algo melancólica salir de aquella niebla. Parecían una guirnalda de ángeles insuficientemente aseados.

Mi tío y yo acogimos cariñosamente aquella «nidada»; pronto tuvimos a tres o cuatro de aquellos críos en nuestros hombros, otros tantos sobre nuestras rodillas y el resto entre nuestras piernas. Los que hablaban repetían saellvertu en todos los tonos imaginables. Los que no hablaban gritaban a más no poder.

Este concierto fue interrumpido por el anuncio de la comida. En ese momento entró el cazador, que venía de dar de comer a los caballos; es decir, que económicamente los había soltado en el campo; los pobres animales debían contentarse con pacer el escaso musgo de las rocas y algunos fucos poco nutritivos; y al día siguiente acudirían por sí mismos a reanudar el trabajo de la víspera.

Saellvertu —dijo Hans.

Después, tranquilo, automáticamente, sin que un beso fuera más acentuado que otro, rozó con sus labios al anfitrión, a su esposa y a los diecinueve hijos.


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