Viaje al centro de la tierra

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Acabada la comida, los niños desaparecieron; las personas mayores rodearon el hogar, donde ardían turba, brezo, estiércol de vaca y huesos de peces desecados. Luego, tras aquella «toma de calor», los diversos grupos ganaron sus respectivos cuartos. La anfitriona, siguiendo la costumbre, se ofreció a quitarnos los calcetines y los pantalones; pero ante una educadísima negativa por nuestra parte, no insistió, y finalmente pude hacerme un ovillo en mi yacija de forraje.

Al día siguiente, a las cinco, nos despedíamos del campesino islandés; a mi tío le costó mucho trabajo que aceptara una remuneración adecuada, y Hans dio la señal de partida.

A cien pasos de Gardär, el terreno comenzó a cambiar de aspecto; el suelo se volvió pantanoso y menos adecuado para la marcha. A la derecha, la serie de montañas se prolongaba indefinidamente, como un mismo sistema de fortificaciones naturales, cuya contraescarpa seguíamos; a menudo se presentaban riachuelos que nos veíamos en la necesidad de vadear sin mojar demasiado nuestros equipajes.




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