Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Aquellas apariciones no eran, por su naturaleza, las más idóneas para alegrar el paisaje, que se volvía profundamente triste; las últimas matas de hierbas venían a morir bajo nuestros pies. Ningún árbol, a no ser algunos bosquecillos de abedules enanos semejantes a matorrales. Ningún animal, salvo algunos caballos que su dueño no podía alimentar, y que vagaban por las sombrías llanuras. A veces un halcón planeaba entre las nubes grises y huía a todo vuelo hacia las comarcas del sur; yo me dejaba llevar por la melancolía de aquella naturaleza salvaje, y mis recuerdos me devolvían a mi país natal.
Fue preciso atravesar varios pequeños fiordos sin importancia, y, por fin, un verdadero golfo: la marea, quieta en ese momento, nos permitió pasar sin grandes fatigas y ganar el caserío de Aftanes, situado una milla más allá.
Tras haber vadeado dos ríos ricos en truchas y lucios, el Alfa y el Heta, nos vimos obligados a pasar la noche en una casucha abandonada, digna de ser frecuentada por todos los duendes de la mitología escandinava; a buen seguro el genio del frío la había elegido por domicilio, e hizo de las suyas durante toda la noche.