Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra La muralla del fiordo, como toda la costa de la penÃnsula, se componÃa de una serie de columnas verticales, de treinta pies de alto. Aquellos fustes derechos y de una proporción pura soportaban una arquivolta hecha de columnas horizontales cuyo saliente inclinado formaba media bóveda encima del mar. A intervalos, y bajo ese impluvio natural, la mirada sorprendÃa aberturas ojivales de diseño admirable, a cuyo través las olas de alta mar se precipitaban espumeando. Algunos fragmentos de basalto, arrancados por las furias del océano, se extendÃan por el suelo como los vestigios de un templo antiguo, ruinas eternamente jóvenes, sobre las que pasaban los siglos sin gastarlas.
El fiordo de Stapi encajado en una muralla basáltica.
Ésa era la última etapa de nuestro viaje terrestre. Hans nos habÃa guiado hasta allà con inteligencia, y yo me sentÃa más tranquilo pensando que todavÃa debÃa continuar acompañándonos.
Al llegar a la puerta de la casa del rector, una simple cabaña baja, ni más hermosa ni más confortable que las vecinas, vi a un hombre herrando un caballo, con el martillo en la mano y el delantal de cuero a la cintura.
—Saellvertu —le dijo el cazador.
—God dag —respondió el herrador en perfecto danés.