Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Renuncio a pintar la cólera impotente del profesor Lidenbrock. Pasó la jornada y ninguna sombra vino a alargarse sobre el fondo del cráter. Hans no se movió de su sitio; sin embargo, debía preguntarse qué estábamos esperando, si es que se preguntaba algo. Mi tío no me dirigió ni una sola vez la palabra. Su mirada, vuelta invariablemente hacia el cielo, se perdía en su tinte gris y brumoso.
El 26 tampoco hubo nada. Durante todo el día cayó aguanieve. Hans construyó una cabaña con trozos de lava. Me divertí algo siguiendo con la mirada las mil cascadas improvisadas en los flancos del cono, cuyo ensordecedor murmullo aumentaba en cada piedra.
Mi tío no se dominaba. Había motivo para irritar a un hombre más paciente, porque aquello era realmente naufragar una vez llegado a puerto.
Pero el cielo mezcla incesantemente los grandes dolores y las grandes alegrías, y reservaba al profesor Lidenbrock una satisfacción igual a su rabia desesperada.