Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra En efecto, el mercurio, que habÃa subido poco a poco en el instrumento a medida que se efectuaba el descenso, se habÃa detenido en veintinueve pulgadas.
—¿Lo ves? —continuó el profesor—; aún no tenemos más que una atmósfera de presión; sólo más tarde vendrá el manómetro a reemplazar a ese barómetro.
En efecto, aquel instrumento se iba a volver inútil en el momento en que el peso del aire superase su presión, calculada al nivel del océano.
—Pero ¿no hemos de temer que al continuar creciendo la presión resulte peligrosa? —pregunté.
—No. Descenderemos lentamente, y nuestros pulmones se habituarán a respirar una atmósfera más comprimida. A los aeronautas termina por faltarles el aire cuando se elevan a las capas superiores, y a nosotros, en cambio, quizá nos sobre. Pero prefiero esto. No perdamos un instante.
—¿Dónde está el paquete que nos ha precedido en el interior de la montaña?
Recordé entonces que la noche anterior lo habÃamos buscado en vano. Mi tÃo preguntó a Hans, quien tras haber mirado atentamente con sus ojos de cazador, respondió:
—Der huppe!
—Allá arriba.