Viaje al centro de la tierra

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Por la noche, hacia las ocho, dio la señal de parar. Hans se sentó inmediatamente. Colgamos las lámparas de un saliente de lava. Estábamos en una especie de caverna donde no faltaba el aire. Al contrario. Hasta nosotros llegaba alguna brisa. ¿Qué causa la producía? ¿A qué agitación atmosférica atribuir su origen? Pregunta que no traté de resolver en aquel momento. El hambre y la fatiga me volvían incapaz de razonar. Un descenso de siete horas consecutivas no se realiza sin gran desgaste de fuerzas. Estaba agotado. Me causó gran placer oír la palabra «alto». Hans puso algunas provisiones sobre un bloque de lava y todos comimos con apetito. Sin embargo, había algo que me inquietaba: nuestra reserva de agua estaba medio agotada. Mi tío esperaba reponerla en las fuentes subterráneas, pero hasta entonces no habían aparecido. No pude dejar de llamar su atención sobre el tema.

Colgamos las lámparas de un saliente de lava.

—¿Te sorprende esta falta de manantiales? —dijo.

—Desde luego, e incluso me inquieta. Sólo tenemos agua para cinco días.

—Tranquilízate, Axel, te aseguro que encontraremos agua, y más de la que queramos.

—¿Cuándo?

—Cuando hayamos pasado esta capa de lava. ¿Cómo quieres que broten fuentes a través de estas paredes?


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