Viaje al centro de la tierra

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Y el profesor Lidenbrock debía conocer de sobra lo que decía, porque pasaba por ser un auténtico políglota. No es que hablara correctamente las dos mil leguas y los cuatro mil idiomas empleados en la superficie del globo, pero, en fin, sabía una buena parte.

En presencia de esta dificultad iba, pues, a dejarse llevar por toda la impetuosidad de su genio; y yo preveía una escena violenta, cuando sonaron las dos en el pequeño reloj de pared de la chimenea.

Al punto Marthe abrió la puerta del gabinete, diciendo:

—La sopa está servida.

—¡Al diablo la sopa! —exclamó mi tío—. ¡Y quien la ha hecho, y quienes la coman!

Marthe huyó. Yo volé tras ella y, sin saber cómo, me encontré sentado en mi lugar habitual en el comedor.

Esperé algunos instantes. El profesor no acudió. Era la primera vez, que yo supiese, que faltaba a la solemnidad de la comida. ¡Y, sin embargo, qué comida! Una sopa de perejil, una tortilla de jamón sazonada con acederas con mostaza, una chuleta de ternera con compota de ciruelas, y de postre, dulce de gambas, todo ello regado con un buen vino de Mosela.


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