Viaje al centro de la tierra

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Después de diez horas de marcha, observé que disminuía singularmente la reverberación de nuestras lámparas sobre las paredes. El mármol, el esquisto, la caliza, la arenisca de las paredes dejaban paso a un revestimiento sombrío y sin brillo. En el momento en que el túnel se volvía más estrecho, me apoyé sobre su pared de la izquierda.

Cuando aparté mi mano, estaba completamente negra. Miré más de cerca. Estábamos en una hullera.

—¡Una mina de carbón! —exclamé.

«¡Una mina de carbón!», exclamé.

—Una mina sin mineros —respondió mi tío.

—¡Quién sabe!

—Yo lo sé —replicó el profesor en tono seco—, y estoy seguro de que esta galería horadada a través de las capas de hulla no ha sido hecha por la mano del hombre. Pero sea o no obra de la naturaleza, poco me importa. Es hora de cenar. Cenemos.

Hans preparó algunos alimentos. Yo apenas comí, y bebí las pocas gotas de agua que constituían mi ración. Todo lo que quedaba para apagar la sed de tres hombres era la cantimplora del guía medio llena.

Después de la cena, mis dos compañeros se tumbaron bajo sus mantas y encontraron en el sueño reposo para sus fatigas. En cuanto a mí, no pude dormir y conté las horas hasta el alba.


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