Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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La galería avanzaba casi sin inclinación, únicamente dos pulgadas por toesa como máximo. El riachuelo corría sin precipitación murmurando a nuestros pies. Yo lo comparaba a un genio familiar que nos guiaba a través de la Tierra, y con la mano acariciaba a la tibia náyade cuyos cantos acompañaban nuestros pasos. Mi buen humor adoptaba un giro mitológico.

En cuanto a mi tío, echaba pestes contra la horizontalidad del camino; él, el «hombre de las verticales». Su recorrido se alargaba indefinidamente, y en lugar de deslizarse a lo largo del radio terrestre, utilizando su expresión, se iba por la hipotenusa. Pero no podíamos elegir, y mientras avanzásemos hacia el centro, por poco que fuese, no había que quejarse.

Además, de vez en cuando las pendientes descendían; la náyade se ponía a rodar mugiendo, y nosotros descendíamos a mayor profundidad con ella.

En suma, aquel día y el siguiente hicimos mucho camino horizontal y relativamente poco vertical.

La noche del viernes 10 de julio, realizados nuestros cálculos, estimamos que debíamos estar a treinta leguas al sudeste de Reikiavik y a una profundidad de dos leguas y media.

Bajo nuestros pies se abría entonces un pozo bastante espantoso. Mi tío no pudo contenerse al calcular lo agudo de sus pendientes, y empezó a batir palmas.


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