Viaje al centro de la tierra

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Durante las dos semanas que siguieron a nuestra última conversación, no se produjo ningún incidente digno de ser referido. Sólo encuentro en mi memoria, y con razón, un acontecimiento de gravedad extrema del que me hubiera resultado difícil olvidar el menor detalle.

El 7 de agosto nuestros continuos descensos nos habían llevado a una profundidad de treinta leguas, es decir: sobre nuestra cabeza había treinta leguas de rocas, océano, continentes y ciudades. En aquel momento debíamos estar a doscientas leguas de Islandia.

Ese día el túnel seguía un plano poco inclinado.

Yo marchaba en cabeza. Mi tío llevaba uno de los dos aparatos de Ruhmkorff y yo el otro. Yo examinaba las capas de granito.

De pronto, al volverme, me di cuenta de que estaba solo.

«Bueno —pensé—, quizás he caminado demasiado deprisa, o bien Hans y mi tío se han detenido en el camino. Vamos, tengo que reunirme con ellos. Afortunadamente el camino no es demasiado empinado».

Volví sobre mis pasos. Caminé durante un cuarto de hora. Busqué: nadie; llamé: no hubo respuesta; mi voz se perdió en medio de los ecos cavernosos que súbitamente despertó.

Empecé a sentirme inquieto. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.


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