Viaje al centro de la tierra

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—Porque son ellos —repetía—. ¿Qué otros hombres se habrían metido a treinta leguas bajo tierra?

Me puse a escuchar de nuevo. Paseando mi oído sobre la pared, encontré un punto exacto en que las voces parecían alcanzar su máxima intensidad. La palabra forloräd volvió de nuevo a mi oído; y luego aquel ruido de trueno que me había sacado de mi torpor.

—No —dije—. No es a través del macizo por donde se dejan oír esas voces. La pared está hecha de granito, y no permitiría que la atravesase ni siquiera la detonación más fuerte. ¡Ese ruido llega por la galería misma! Es preciso que ahí se produzca un efecto acústico muy particular.

Escuché de nuevo, y aquella vez sí, aquella vez sí oí mi nombre nítidamente lanzado a través del espacio.

Era mi tío quien lo pronunciaba. Hablaba con el guía, y la palabra forloräd era una palabra danesa.

Entonces comprendí todo. Para hacerme oír, había que hablar precisamente a lo largo de aquella muralla que serviría para conducir mi voz como el hilo conduce la electricidad.

No había tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaban algunos pasos, el fenómeno acústico quedaría destruido. Me acerqué, pues, a la muralla, y pronuncié estas palabras lo más claramente que pude:

—¡Tío Lidenbrock!


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