Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Las once de la noche, hoy es domingo, nueve de agosto, y no te permito hacerme más preguntas antes del diez del presente mes.
Realmente me encontraba muy débil, y mis ojos se cerraron involuntariamente. Necesitaba una noche de reposo; por eso me dejé adormecer con la idea de que mi soledad habÃa durado cuatro largos dÃas.
Cuando me desperté al dÃa siguiente miré a mi alrededor. Mi cama, hecha con todas las mantas de viaje, se hallaba instalada en una gruta encantadora, adornada de magnÃficas estalagmitas, cuya suelo estaba cubierto de arena fina. Reinaba en ella la penumbra. Ninguna lámpara ni antorcha estaba encendida y, sin embargo, ciertos inexplicables resplandores procedÃan del exterior, penetrando por una estrecha abertura de la gruta. OÃa también un murmullo vago e indefinido, semejante al gemido de las olas que rompen contra una playa, y a veces los silbidos de la brisa.
Mi cama se hallaba instalada en una gruta.
Me pregunté si estaba bien despierto, si todavÃa soñaba, si mi cerebro, lesionado en la caÃda, no percibÃa ruidos puramente imaginarios. Sin embargo, ni mis ojos ni mis oÃdos podÃan engañarse hasta ese punto.