Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra En aquel momento pisábamos la arena de la orilla, y las olas ganaban poco a poco la playa.
—Ya está empezando el oleaje —exclamé.
—SÃ, Axel, y por esos regueros de espuma, puedes ver que el mar sube aproximadamente una decena de pies.
—¡Es maravilloso!
—No, es natural.
—Tiene usted razón, tÃo, todo esto me parece extraordinario, y apenas si creo lo que ven mis ojos. ¿Quién hubiera imaginado bajo la corteza terrestre un océano verdadero, con sus flujos y reflujos, con sus brisas, con sus tempestades?
—¿Por qué no? ¿Hay alguna razón fÃsica que se oponga a ello?
—No la veo, desde el momento en que hay que abandonar la teorÃa del calor central.
—Asà pues, hasta aquà la teorÃa de Davy ¿se encuentra justificada?
—Evidentemente, y a partir de ella nada contradice la existencia de los mares y de continentes en el interior del globo.
—Sin duda, pero deshabitados.
—Bueno, ¿por qué estas aguas no habÃan de dar asilo a peces de una especie desconocida?
—En cualquier caso, hasta ahora no hemos visto ni uno.