Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Los siglos pasan como dÃas. Remonto la serie de transformaciones terrestres. Las plantas desaparecen; las rocas granÃticas pierden su pureza; el estado lÃquido va a reemplazar al sólido bajo la acción de un calor más intenso; las aguas corren por la superficie del globo; hierven, se volatilizan; los vapores envuelven la Tierra, que poco a poco no forma ya más que una masa gaseosa que alcanza la incandescencia, tan grande y brillante como el sol.
En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces más voluminosa que el globo que va a formar un dÃa, me veo arrastrado a los espacios planetarios. Mi cuerpo se sutiliza, se sublima a su vez y se mezcla como un átomo imponderable con esos inmensos vapores que trazan en el infinito su órbita en llamas.
¡Qué sueño! ¿Adónde me lleva? Mi mano febril pone sobre el papel extraños detalles. Lo he olvidado todo: el profesor, el guÃa y la balsa. Una alucinación se ha apoderado de mi espÃritu.
—¿Qué te pasa? —dice mi tÃo.
Mis ojos, completamente abiertos, se clavan en él sin verle.
—Ten cuidado, Axel, te vas a caer al mar.
Al mismo tiempo me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. Sin él, bajo el imperio de mi sueño, me hubiera precipitado en las olas.