Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Entonces recuerdo que el profesor, antes de nuestra partida, estimaba en una treintena de leguas la longitud de aquel océano subterráneo. Y ya hemos recorrido un camino tres veces mayor y todavÃa no aparecen las orillar del sur.
—No descendemos —prosigue el profesor—. Todo esto es tiempo perdido, y, en resumidas cuentas, no he venido desde tan lejos para dar un paseo en barca por un estanque.
¡Llama a esta travesÃa un paseo en barca y a este mar un estanque!
—Pero —le digo— puesto que hemos seguido la ruta indicada por Saknussemm…
—Ése es el problema. ¿Hemos seguido esa ruta? ¿Encontró Saknussemm esta extensión de agua? ¿La atravesó? Ese riachuelo que hemos tomado por guÃa ¿no nos habrá extraviado completamente?
—En cualquier caso, no podemos lamentar haber venido hasta aquÃ. Este espectáculo es magnÃfico y…
—No se trata de ver. Me he propuesto una meta y quiero alcanzarla. Asà que no me hables más de admirar…
No me lo hago repetir dos veces, y dejo al profesor mordiéndose los labios de impaciencia. A las seis de la tarde, Hans reclama su paga y le son entregados sus tres rixdales.