Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Domingo, 16 de agosto. Nada nuevo. El mismo tiempo. El viento tiene una ligera tendencia a refrescar. Al despertarme, mi primera preocupación es constatar la intensidad de la luz. Siempre temo que el fenómeno eléctrico se debilite y luego se apague. No ocurre nada de eso. La sombra de la balsa se dibuja con nitidez sobre la superficie de las olas.
¡Realmente este mar es infinito! ¡Debe tener las dimensiones del Mediterráneo o del Atlántico! ¿Por qué no?
Mi tÃo lanza la sonda repetidas veces. Ata la piqueta más pesada al extremo de una cuerda que deja bajar más de doscientas brazas. No toca fondo. Nos cuesta mucho trabajo recuperar nuestra sonda.
Cuando la piqueta es izada a bordo, Hans me hace observar en su superficie unas señales muy acusadas. Se dirÃa que el trozo de hierro ha sido vigorosamente apretado entre dos cuerpos duros.
Miro al cazador.
—Tänder —dice.
No comprendo. Me vuelvo hacia mi tÃo, que está enteramente absorto en sus reflexiones. No quiero interrumpirle. Me vuelvo hacia el islandés. Éste, abriendo y cerrando varias veces la boca, me da a entender su pensamiento.
—¡Dientes! —digo yo estupefacto, considerando con mayor atención la barra de hierro.