Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me estremezco ante la evocación que hago de estos monstruos. Ninguna mirada humana los ha visto vivos. Aparecieron sobre la Tierra mil siglos antes que el hombre, pero sus osamentas fósiles, encontradas en esa caliza arcillosa que los ingleses llaman lias, han permitido reconstruirlos anatómicamente y conocer su colosal conformación.
En el Museo de Hamburgo he visto el esqueleto de uno de esos saurios que medía treinta pies de longitud. ¿Estoy destinado yo, habitante de la Tierra, a encontrarme frente a frente con estos representantes de una familia antediluviana? No, es imposible. Sin embargo, la marca de dientes poderosos está grabada en la barra de hierro, y por su huella reconozco que son cónicos como los del cocodrilo.
Mis ojos se clavan con terror en el mar. Temo ver brotar de él a uno de esos habitantes de las cavernas submarinas.
Supongo que el profesor Lidenbrock comparte mis ideas, si no mis temores, porque después de haber examinado el pico, recorre el océano con la mirada.
«Al diablo —digo para mis adentros—, ¡vaya idea que ha tenido al lanzar la sonda! Ha molestado a algún animal en su refugio, y si somos atacados durante la navegación…».