Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Ahora —prosiguió mi tÃo dirigiéndose directamente a m×, para leer la frase que acabas de escribir, y que yo no conozco, me bastará con coger una tras otra la primera letra de cada palabra, luego la segunda, luego la tercera, etcétera.
Y mi tÃo, con gran asombro por su parte, y sobre todo por la mÃa, leyó:
¡Te amo mucho, mi pequeña Graüben!
—¡Cómo! —dijo el profesor.
SÃ, sin darme cuenta, como torpe enamorado, habÃa trazado esa comprometedora frase.
—¡Ah! ¿Conque quieres a Graüben? —prosiguió mi tÃo en un auténtico tono de tutor.
—SÃ… No… —balbuceé yo.
—¡Ah! ¡Quieres a Graüben! —prosiguió maquinalmente—. Bien, apliquemos mi procedimiento al documento en cuestión.
Mi tÃo, sumido de nuevo en su absorbente contemplación, olvidaba mis imprudentes palabras. Digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no podÃa comprender las cosas del corazón. Pero, por fortuna, el gran tema del documento le dominó.