Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra En el instante de hacer su experiencia capital, los ojos del profesor Lidenbrock lanzaron destellos a través de sus lentes. Sus dedos temblaron cuando volvió a coger el viejo pergamino. Estaba profundamente emocionado. Por fin, tosió con fuerza, y, con voz grave, deletreando una tras otra la primera letra, luego la segunda de cada palabra, me dictó la serie siguiente:
messunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtn
ecertserrette.rptaovsadia,ednecsedsadne
lacartniiiluJsiratracSarbmutabiledmek
meretarcsilucoYsleffenSnT
Debo confesar que al concluir estaba emocionado; aquellas letras, nombradas una a una, no habían ofrecido ningún sentido a mi entendimiento; esperaba, pues, que el profesor dejara rodar pomposamente entre sus labios una frase de una latinidad magnífica.
Mas ¿quién hubiera podido preverlo? Un violento puñetazo sacudió la mesa. La tinta saltó, la pluma se escapó de mis manos.
—¡No es esto —exclamó mi tío—; esto no tiene sentido!
Luego, cruzando el gabinete como una bala y bajando la escalera como una avalancha, se precipitó en la Königstrasse, y echó a correr.