Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Ahora —dijo— tenemos que reponer nuestra provisión de agua con la lluvia que la tormenta ha dejado en todos esos recipientes de granito; asà que no hay temor de que nos venza la sed. En cuanto a la balsa, encargaré a Hans que la repare lo mejor posible, aunque tal vez ya no nos sirva.
—¿Por qué? —pregunté.
—Se me ha ocurrido una idea, muchacho. Creo que no saldremos por donde hemos entrado.
Miré al profesor con cierta desconfianza. Me preguntaba si no se habrÃa vuelto loco. Y, sin embargo, ni él mismo sabÃa lo acertado que estaba.
—Vamos a desayunar —continuó.
Después que hubo dado sus instrucciones al cazador le seguà a un cabo elevado, donde carne seca, galletas y té sirvieron para una comida excelente, y debo confesarlo, una de las mejores que yo habÃa hecho en toda mi vida. El trabajo, el aire libre, la calma tras la agitación, todo contribuÃa a darme apetito.
Durante el almuerzo pregunté a mi tÃo dónde estábamos en aquel momento.
—Porque me parece difÃcil de calcular —dije.
—Calcularlo exactamente, sà —respondió—, incluso es imposible, puesto que durante estos tres dÃas de tempestad no he podido anotar la velocidad y la dirección de la balsa; sin embargo, podemos estimar a ojo nuestra situación.