Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra En este momento reapareció el defecto natural de mi tÃo, que en público no podÃa pronunciar las palabras difÃciles.
—El escrito llamado Gigans… —prosiguió.
No podÃa continuar.
—Giganteo…
¡Imposible! La condenada palabra no querÃa salir. ¡Cuánto se habrÃan reÃdo en el Johannaeum!
—GigantosteologÃa —acabó de decir el profesor Lidenbrock entre dos juramentos.
Luego, y animándose cada vez más, continuó:
—SÃ, señores, sé todas esas cosas. Sé también que Cuvier y Blumenbach han reconocido en esos esqueletos simples huesos de mamut y otros animales de la época cuaternaria. Pero aquà la duda sólo serÃa una injuria a la ciencia. ¡El cadáver está ahÃ! Podéis verlo, podéis tocarlo. No es un esqueleto, es un cuerpo intacto, conservado con miras únicamente antropológicas.
No quise contradecir aquella afirmación.
—Si pudiera lavarlo en una solución de ácido sulfúrico —continuaba mi tÃo—, harÃa desaparecer de él todas las partes terrosas y esas conchas brillantes que están incrustadas en su cuerpo. Pero no tengo el precioso disolvente. Sin embargo, tal como está, ese cuerpo nos contará su propia historia.