Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra La luz difusa permitía percibir los menores objetos en lo profundo del bosque. Había creído ver… No, realmente veía con mis propios ojos formas inmensas agitarse bajo los árboles. En efecto, eran animales gigantescos, todo un rebaño de mastodontes, y ya no fósiles, sino vivos, y semejantes a aquellos cuyos restos fueron descubiertos en 1801 en las zonas pantanosas de Ohio. Veía aquellos grandes elefantes cuyas trompas bullían bajo los árboles como una legión de serpientes. Oía el ruido de sus largas defensas al perforar el marfil los viejos troncos. Las ramas crujían y las hojas, arrancadas en cantidades considerables, se abismaban en las vastas fauces de aquellos monstruos.
Al fin se realizaba el sueño en el que yo había visto renacer todo ese mundo de los tiempos prehistóricos, las épocas terciaria y cuaternaria. Estábamos solos en las entrañas del globo a merced de su feroces habitantes.
Mi tío miraba.
—Vamos —dijo de golpe cogiéndome por el brazo—. ¡Adelante, adelante!
—¡No! —exclamé yo—. No. Estamos sin armas. ¿Qué haríamos en medio de ese rebaño de cuadrúpedos gigantes? Venga, tío, venga. Ninguna criatura humana puede arrostrar inmunemente la cólera de estos monstruos.