Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —¡Ninguna criatura humana! —respondió mi tÃo bajando la voz—. Te engañas, Axel. Mira, mira allÃ; me parece ver un ser vivo, un ser semejante a nosotros, ¡un hombre!
Yo miré encogiéndome de hombros y decidido a llevar la incredulidad hasta sus últimos lÃmites.
Pero por incrédulo que fuera hube de rendirme a la evidencia.
En efecto, a menos de un cuarto de milla, apoyado en el tronco de un enorme kauris, un ser humano, un Proteo de aquellas comarcas subterráneas, un nuevo hijo de Neptuno, guardaba aquel numerosÃsimo rebaño de mastodontes.
Inmanis pecoris custos, inmanior ipse!
SÃ. ¡Inmanior ipse! Ya no se trataba del ser fósil cuyo cadáver habÃamos levantado en el osario, era un gigante, capaz de combatir con aquellos monstruos. Su talla superaba los doce pies. Su cabeza, tan grande como la de un búfalo, desaparecÃa en la maraña de una cabellera inculta. Se hubiera dicho que era una auténtica crin, semejante a la del elefante de las primeras edades. BlandÃa en la mano una rama enorme, digno cayado de aquel pastor antediluviano.
Un Proteo de aquellas comarcas subterráneas.
Nos habÃamos quedado inmóviles, estupefactos. Pero podÃamos ser vistos. HabÃa que huir.