Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

—Venga, venga —exclamaba yo arrastrando a mi tío, que por primera vez se dejó llevar.

Un cuarto de hora más tarde estábamos fuera de la vista de aquel temible enemigo.

Y ahora que pienso tranquilamente en ella, ahora que la calma ha vuelto a mi espíritu, que han transcurrido meses desde ese extraño y sobrenatural encuentro, ¿qué pensar?, ¿qué creer? No, es imposible. Nuestros sentidos se engañaron, nuestros ojos no vieron lo que veían. No hay criaturas humanas en ese mundo subterráneo. Ninguna generación de hombres habita esas cavernas inferiores del globo sin preocuparse de los habitantes de su superficie, sin comunicación con ellos. ¡Es insensato, profundamente insensato!

Prefiero admitir la existencia de algún animal cuya estructura se parezca a la estructura humana, de un mono de las primeras épocas geológicas, protopiteco o mesopiteco semejante al que descubrió el señor Lartet en el yacimiento de Sansan. Pero aquél superaba por su tamaño todas las medidas dadas por la paleontología moderna. No importa. ¡Un mono, sí, un mono, por inverosímil que sea! Pero un hombre, un hombre vivo, y con él toda una generación hundida en las entrañas de la Tierra, ¡jamás!


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