Viaje al centro de la tierra

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Mientras tanto, habíamos dejado el bosque claro y luminoso mudos de asombro, abrumados bajo una estupefacción que rayaba en el embrutecimiento. Corríamos a nuestro pesar. Era una verdadera fuga, semejante a esos arrebatos espantosos que se sufren en ciertas pesadillas. Instintivamente volvíamos hacia el mar Lidenbrock, y no sé qué divagaciones habrían dominado mi espíritu si una preocupación no me hubiera devuelto a observaciones más prácticas.

Aunque estuviera seguro de hollar un suelo enteramente virgen de nuestros pasos, distinguía montones de rocas cuya forma recordaba a las de Puerto Graüben. Aquello confirmaba, además, la indicación de la brújula y nuestro regreso involuntario al norte del mar Lidenbrock. En ocasiones era como para volverse loco. Riachuelos y cascadas caían por centenares de los salientes de las peñas. Creía ver de nuevo la capa de surtarbrandur, a nuestro fiel Hans-bach y la gruta donde yo había vuelto a la vida. Luego, algunos pasos más allá, la disposición de los contrafuertes, la aparición de un riachuelo, el perfil sorprendente de una piedra me sumían en la duda.

Hice partícipe a mi tío de mi indecisión. Dudó como yo. No podía orientarse en medio de aquel panorama uniforme.


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