Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Cuando me quedé solo, se me ocurrió la idea de ir a contarle todo a Graüben. Pero ¿cómo dejar la casa? El profesor podía regresar de un momento a otro. ¿Y si me llamaba? ¿Y si quería volver a empezar aquel trabajo logogrífico, que en vano habrían propuesto al viejo Edipo? Y si yo no respondía a su llamada, ¿qué ocurriría?
Lo más prudente era quedarse. Precisamente un mineralogista de Besançon acababa de enviarnos una colección de geodas silíceas que había que clasificar. Me puse a la tarea. Escogí, etiqueté, y dispuse en su vitrina todas aquellas piedras huecas en cuyo interior se agitaban pequeños cristales.
Pero esta ocupación no me absorbía. El asunto del viejo documento no dejaba de preocuparme extrañamente. Mi cabeza hervía y me sentía dominado por una vaga inquietud. Tenía el presentimiento de una catástrofe próxima.