Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Al cabo de una hora, mis geodas estaban ordenadas. Me dejé caer entonces en el gran sillón de Utrecht, con los brazos colgando y la cabeza hacia atrás. Encendí mi pipa de larga boquilla curvada, cuya cazoleta esculpida representaba una náyade tendida con indolencia; luego me divertí siguiendo los progresos de la carbonización, que poco a poco hacía de mi náyade una negra autentica. De vez en cuando escuchaba si algún paso sonaba en la escalera. Pero no. ¿Dónde podía estar mi tío en aquel momento? Me lo imaginaba caminando bajo los hermosos árboles del camino de Altona, gesticulando, golpeando la tapia con su bastón, azotando las hierbas con brazo violento, decapitando los cardos y perturbando el reposo de las cigüeñas solitarias.
¿Regresaría triunfante o desalentado? ¿Quién vencería a quién, el secreto a él o él al secreto? Me hacía estas preguntas y, maquinalmente, cogí entre mis dedos la hoja de papel sobre la que se extendía la incomprensible serie de letras trazadas por mí. Me repetía: «¿Qué significa esto?».