Viaje al centro de la tierra

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Traté de agrupar aquellas letras de modo que formaran palabras. ¡Imposible! Aunque las reuniera de dos en dos, de tres en tres, de cinco en cinco o de seis en seis, no resultaba nada que fuera inteligible. Las letras decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban la palabra inglesa ice. Las letras octogésima cuarta, la octogésima quinta y octogésima sexta formaban la palabra sir. Finalmente, en el cuerpo del documento, y en la tercera línea, observé también las palabras latinas rota, mutabile, ira, nec, atra.

«Diablos —pensé—, estas últimas palabras parecen dar la razón a mi tío respecto a la lengua del documento. E incluso en la cuarta línea llegué a ver la palabra luco, que se traduce por “bosque sagrado”. Cierto que en la tercera línea se leía la palabra tabiled, de naturaleza perfectamente hebraica, y en la última los vocablos mer, arc, mère, que son claramente franceses».

¡Era para volverse loco! ¡Cuatro idiomas diferentes en aquella frase absurda! ¿Qué relación podía existir entre las palabras «hielo, señor, cólera, cruel, bosque sagrado, cambiante, madre, arco o mar»? Sólo la primera y la última podían relacionarse con facilidad: no resultaba sorprendente que en un documento escrito en Islandia se hablase de un «mar de hielo». Pero de ahí a comprender el resto del criptograma había un abismo.


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