Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Así pues, me debatía contra una dificultad insoluble; mi cerebro ardía, mis ojos parpadeaban sobre la hoja de papel; las ciento treinta y dos letras parecían revolotear a mi alrededor, como esas lágrimas de plata que se deslizan en el aire alrededor de nuestra cabeza, cuando la sangre sube a ella con violencia.
Era presa de una especie de alucinación: me ahogaba, necesitaba aire. Maquinalmente me abaniqué con la hoja de papel, cuyos dos lados se ofrecieron sucesivamente a mi mirada.
¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, en una de aquellas vueltas rápidas, en el momento en que la cara se volvía hacia mí, creí ver aparecer palabras perfectamente legibles, palabras latinas, entre otras, craterem y terrestre!
De pronto la luz se hizo en mi cerebro; aquellos únicos indicios me hicieron vislumbrar la verdad; había descubierto la clave del cifrado. Para comprender el documento no era necesario siquiera leerlo a través de la hoja del revés. No. Tal como estaba, tal como me había sido dictado, podía ser leído de corrido. Todas las ingeniosas combinaciones del profesor se materializaban. Había acertado en la disposición de las letras y en la lengua del documento. ¡Le había faltado «nada» para poder leer de cabo a rabo aquella frase latina, y ese «nada» acababa de proporcionármelo el azar!