Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Eso es, poco más o menos, lo que oÃ, y me sentà ganado por el entusiasmo que respiraban aquellas palabras. ¡Un fuego interior se reanimó en mi pecho! Me olvidé de todo, tanto de los peligros del viaje de ida como de los de vuelta. Lo que otro habÃa hecho, también querÃa hacerlo yo, y nada de lo que fuera humano me parecÃa imposible.
—Adelante, adelante —exclamé.
Ya me lanzaba hacia la sombrÃa galerÃa cuando el profesor me detuvo, y él, el hombre de los arrebatos, me aconsejó paciencia y sangre frÃa.
—Volvamos primero en busca de Hans —dijo—; y traigamos la balsa a este sitio.
Obedecà aquella orden no sin desagrado, y me deslicé rápidamente por entre las rocas de la orilla.
—¿Sabe, tÃo, que hasta ahora nos han ayudado mucho las circunstancias? —le dije mientras caminaba.
—¿Te parece eso, Axel?
—Desde luego; hasta la tempestad nos ha puesto en el camino acertado. ¡Bendita sea la tormenta! ¡Nos ha traÃdo a esta costa de la que el buen tiempo nos hubiera alejado! Suponga por un instante que hubiéramos tocado con nuestra proa (¡con la proa de una balsa!) las orillas meridionales del mar Lidenbrock; ¿qué habrÃa sido de nosotros? El nombre de Saknussemm no habrÃa aparecido ante nuestros ojos, y ahora estarÃamos abandonados en una playa sin salida.