Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra —Sí, Axel, hay algo de providencial en el hecho de que, bogando hacia el sur, hayamos vuelto precisamente al norte, y al cabo Saknussemm. Debo decir que es más que sorprendente, y que hay algo cuya explicación se me escapa por completo.
—¿Y qué importa? No hay que explicar los hechos, sino aprovecharlos.
—Sin duda, muchacho, pero…
—Pero vamos a seguir la ruta del Norte, pasaremos bajo las comarcas septentrionales de Europa: Suecia, Siberia, ¡qué sé yo!, en lugar de hundirnos bajo los desiertos de África o las olas del océano, y no quiero saber más.
—Sí, Axel, tienes razón, y todo va lo mejor posible, puesto que abandonamos este mar horizontal que no podía llevarnos a ninguna parte. Vamos a descender, descender, siempre descender. ¿Sabes que para llegar al centro del globo no quedan más que mil quinientas leguas?
—¡Bah! —exclamé—. Realmente no merece la pena hablar de ello. ¡En marcha, en marcha!
Aún no se habían extinguido aquellas insensatas palabras cuando nos reunimos con el cazador. Todo estaba preparado para una partida inmediata. No quedaba ni un bulto sin embarcar. Ocupamos nuestro sitio en la balsa, y con la vela izada, Hans se dirigió hacia el cabo Saknussemm siguiendo la costa.